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Mis cambios, nuestros cambios

26 diciembre, 2012

Hace dos semanas nació nuestro hijo Nel y durante el feliz acontecimiento (y sus correspondientes jornadas hospitalarias) me dio por pensar en cómo nos enfrentamos al cambio. No hace falta pensar mucho para descubrir que a las personas nos cuesta cambiar. No nos gusta, tenemos poco ejercitada esa cualidad que es, sin embargo, tan necesaria (y cada vez más, podríamos decir, … ¡con la que está cayendo!).

No es que no podamos cambiar (tenemos ejemplos espectaculares de cambio en muchas personas). No es que, muchas veces, sea difícil cambiar (hay personas que hacen de eso un estilo de vida) sino que, por lo general, nos incomoda, tendemos a no hacerlo. Preferimos mantenernos en nuestra “zona de confort“. Nos resistimos tanto al cambio que podemos llegar a mantenernos en situaciones totalmente perjudiciales. En más de una ocasión, desplegamos ese conservadurismo tan bien resumido en el absurdo y contraproducente “más vale malo conocido que bueno por conocer“. No solo nos mantenemos en esas situaciones sino que incluso las justificamos, las racionalizamos como mecanismo básico de defensa.

miedo_al_cambioRealmente la entrada en este mundo es un gran cambio, uno de los mayores cambios de  nuestra vida. Al poder estar presente en el nacimiento de mi hijo, me quedaron claras varias cosas. Al nacer cambiamos en un periodo muy corto de tiempo: de medio (pasamos de vivir en un medio líquido a uno gaseoso), cambiamos de temperatura (pasamos de vivir a 36-37ºC a los 20-24 ºC), cambiamos de forma de respirar y de forma de alimentarnos (de hacerlo a través del cordón umbilical a directamente con nuestros órganos), cambiamos de tipo de alimento (pasamos a la leche), pasamos de oír sonidos amortiguados a grandes ruidos y estrenamos los sentidos de la vista y del olfato. Además, por si esto fuera poco, nos enfrentamos a los mayores “ogros” de nuestra vida: pasamos a saber lo que son el hambre y el miedo (1).

En este proceso iniciático las personas demostramos nuestra gran capacidad para el cambio. Con el paso de los años nos vamos acomodando y perdiendo soltura. De hecho, un día baja la temperatura diez grados (de 20 a 10, por ejemplo) y hay que oír cómo nos quejamos. Así que de cambiar de sistema digestivo ni hablamos :-).

Claro, un gran problema viene cuando el cambio llega sin avisar y se impone. Cuando no lo elegimos, no lo queremos y no estamos preparados/as. Ahí es cuando sentimos realmente nuestra discapacidad para adaptarnos al cambio. Es por esto, que creo debemos ir haciendo cambios (progresivos y/o radicales) en nuestra vida para adaptarnos a situaciones que están por venir como el necesario decrecimiento. Tenemos que aprender a vivir con menos y cuanto antes lo hagamos mejor porque lo que está claro es que el planeta, la madre tierra, no aguanta más. Para un nivel de consumo como el existente en España (aún con crisis) serían necesarios tres planetas como el que tenemos. Como dijo Ghandi: La Tierra da recursos para las necesidades de todos, pero jamás dará suficiente para colmar la avaricia de unos pocos.

No estoy diciendo que haya que cambiar por cambiar. Tenemos que cambiar para sobrevivir como especie. Tenemos que cambiar para mejorar como personas, para crecer, para ayudar a otras personas y para mejorar el mundo. Lo decía también Mahatma Ghandi: “Se tú el cambio que quieres ver en el mundo“. Si no soy capaz de cambiar mis creencias limitantes, mis actitudes, lo que no me gusta de mi, lo que creo que no debería hacer, ¿cómo le vamos a pedir a otras personas que lo hagan?, ¿cómo esperamos que lo haga “la humanidad”?. Los grandes cambios de la humanidad empiezan por nuestros pequeños cambios personales. ¿Qué es lo que puedo cambiar hoy?.

Y ya que estamos en estas fechas de cambio de año (e incluso de cambio de era para algunas culturas, como la maya), aprovecho para felicitaros el 2013 por boca de nuestra genial Mafalda. Feliz cambio nuevo 😉.

felicitacion_Mafalda

Más información:

(1) Cito aquí un texto que nos envió nuestra amiga Leire Mendizabal, junto con sus felicitaciones, que ilustra muy bien esos duros momentos del nacimiento y nuestro desafío como madres y padres ;-)… eskerrik asko Leire:

Las semanas que siguen al parto

son como una travesía por el desierto,

un desierto poblado por monstruos.

Todas esas sensaciones nuevas

 se unen y asaltan al aterrado bebé en su interior.

Tras dejar el calor del seno materno,

tras el fiero abrazo del parto,

va a la cuna y  su soledad.

Una tumba, silencio glacial y quietud.

Y de la nada se abalanza sobre él una bestia:

 el hambre, le corroe las entrañas con crueldad

 y se desvanece en la oscuridad.

El bebé grita, claro

aunque realmente no de dolor,

sino de miedo y de incomprensión.

Y el ogro es terriblemente feo,

y está sediento,

y parece enorme ahora que el exterior es todo silencio y vacío.

Cuando estos pequeños se despierten y lloren,

debemos alimentarlos por dentro y por fuera.

Se sienten tan solos,

su piel está muy sedienta

 y desea saber que el mundo exterior sigue vivo y cálido,

que late y es bello.

Debemos hablar a la espalda de estos pobres bebés,

a su piel, que tiene tanta hambre y sed como su estómago.

Leche, por supuesto,

 más leche y tacto y calor y abrazos.

En los países en los que las gentes siguen en contacto con la vida,

las mujeres saben.

Han aprendido de sus madres

 y enseñarán a sus hijas este sencillo arte de dar amor

 y alimento a través de las manos;

Este arte sencillo, tan simple como antiguo,

que ayuda a los bebés a aceptar que han nacido.

Y los hace sonreír y florecer a la plenitud de la vida,

por dentro y por fuera.

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2 comentarios leave one →
  1. Eduardo Pedrosa permalink
    26 diciembre, 2012 5:56 PM

    Pues sí, Andrés. Grandes cambios se avecinan si los co-creamos desde el sentimiento porfundo. Siéndolo nosotros primero para que se proyecten en nuestro entorno. Como propuesta, podemos empeczar por cambiar la manera de pensar repecto a si solo lo que vemos es lo que hay o pudiera existir algo más allá de nuestra percepción del entorno cotidiano, en base a la metáfora que nos presentan estos dos bebés en el vientre de la madre.

    En el vientre de una mujer embarazada estaban dos criaturas conversando cuando una le preguntó a la otra:
    —¿Crees en la vida después del nacimiento?
    La respuesta fue inmediata:
    —Claro que sí. Algo tiene que haber después del nacimiento. Tal vez estemos aquí principalmente porque precisamos prepararnos para lo que seremos más tarde.
    —Bobadas, ¡no hay vida después del nacimiento! ¿Cómo sería esa vida?
    —Yo no lo sé exactamente, pero ciertamente habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y comamos con la boca.
    —¡Eso es un absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer con la boca? ¡Es totalmente ridículo! El cordón umbilical es lo que nos alimenta. Yo solamente digo una cosa: la vida después del nacimiento es una hipótesis definitivamente excluida: el cordón umbilical es muy corto.
    —En verdad, creo que ciertamente habrá algo. Tal vez sea apenas un poco diferente de lo que estamos habituados a tener aquí.
    —Pero nadie vino de allá, nadie volvió después del nacimiento. El parto apenas encierra la vida. Vida que, a final de cuentas, es nada más que una angustia prolongada en esta absoluta oscuridad.
    —Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del nacimiento, pero, con certeza, veremos a mamá y ella cuidará de nosotros.
    —¿Mamá? ¿Tú crees en la mamá? ¿Y dónde supuestamente ella estaría?
    —¿Dónde? ¡En todo alrededor nuestro! En ella y a través de ella vivimos. Sin ella todo eso no existiría.
    —¡Yo no lo creo! Yo nunca vi ninguna mamá, lo que prueba que mamá no existe.
    —Bueno, pero, a veces, cuando estamos en silencio, puedes oírla cantando, o sientes cómo ella acaricia nuestro mundo. ¿Sabes que? Pienso, entonces, que la vida real sólo nos espera y que, ahora, apenas estamos preparándonos para ella…
    Foto: En el vientre de una mujer embarazada estaban dos criaturas conversando cuando una le preguntó a la otra: —¿Crees en la vida después del nacimiento? La respuesta fue inmediata: —Claro que sí. Algo tiene que haber después del nacimiento. Tal vez estemos aquí principalmente porque precisamos prepararnos para lo que seremos más tarde. —Bobadas, ¡no hay vida después del nacimiento! ¿Cómo sería esa vida? —Yo no lo sé exactamente, pero ciertamente habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y comamos con la boca. —¡Eso es un absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer con la boca? ¡Es totalmente ridículo! El cordón umbilical es lo que nos alimenta. Yo solamente digo una cosa: la vida después del nacimiento es una hipótesis definitivamente excluida: el cordón umbilical es muy corto. —En verdad, creo que ciertamente habrá algo. Tal vez sea apenas un poco diferente de lo que estamos habituados a tener aquí. —Pero nadie vino de allá, nadie volvió después del nacimiento. El parto apenas encierra la vida. Vida que, a final de cuentas, es nada más que una angustia prolongada en esta absoluta oscuridad. —Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del nacimiento, pero, con certeza, veremos a mamá y ella cuidará de nosotros. —¿Mamá? ¿Tú crees en la mamá? ¿Y dónde supuestamente ella estaría? —¿Dónde? ¡En todo alrededor nuestro! En ella y a través de ella vivimos. Sin ella todo eso no existiría. —¡Yo no lo creo! Yo nunca vi ninguna mamá, lo que prueba que mamá no existe. —Bueno, pero, a veces, cuando estamos en silencio, puedes oírla cantando, o sientes cómo ella acaricia nuestro mundo. ¿Sabes que? Pienso, entonces, que la vida real sólo nos espera y que, ahora, apenas estamos preparándonos para ella…

    Mil besos a los tres.

    Os quiero mucho. Edu

    • 10 enero, 2013 4:40 PM

      Gracias Edu por el cuento.. que viene muy a cuento con la ocasión :-). Es un texto que curiosamente ya había leido y que una amiga me envió también con motivo del evento (casualidades de la vida) :-). Un abrazo.

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